Brukman; arte, confección, realidad...
por flor azul •
Sunday June 01, 2003 at 12:35 PM
florazul@go.com
Apretado primer informe de extensa jornada: un dìa en la vida de arte y confección.
"Me gustaría confeccionar la mirada de mis hijos" anotó durante un taller una obrera textil y madre por cuadruplicado.
A pocos metros, el cuidador de la Plaza Sargento Cabral insistió en seguir anotando los puntos de un interminable partido de truco que disputaban entre seis octogenarios jugadores. Con una voz bajada de los barcos de antaño, el presidente de la asociación declaró en forma solemne que "a él le encantaba lo que estabamos haciendo y que quería que devuelvan la fábrica para los obreros".
Con el mismo ritmo imperceptible al ojo humano con el que el sol baja hasta esconderse el espacio se transformaba alrededor nuestro. De a poco perdían su protagonismo excluyente los eternos habitantes de la plaza que compartían el terreno con los jugadores de truco; los paseadores de perros o niños, los linyeras reglamentariamente borrachos y los transeuntes melancólicos de sábado por la mañana se relegaban a un segundo plano. Pronto los veriamos contrastados y minimizados frente a la fantástica realidad que se gestaba a su alrededor.
Fueron llegando de a poco. Un cuadro allá, una escultura por acá; una muestra de fotos en el aquel rincón y algún collage en el otro, o simplemente cúmulos de elementos todavía sin sentido que con el correr de las horas se irian convirtiendo en materia prima para la construcción de una realidad dicatada por la creatividad de sus acopiadores.
La intervención, conjura o como quiera llamarse parecía estructurse alrededor de una densa columna de humo -visible desde varias cuadras- que inundaba por momerntos el ambiente con un suave y llamativo olor a chorizo, alfa y omega de cualquier manifestación cultural que se precie de serlo. Y la Negra, munida de un protector y seguramente ideológico delantal rojo, alternava el ojo vigilante para que no se queme el arte culinario, con encendidos discursos en una asamblea que, como todos los sábados, se hacía de espaldas al arenero. (y si el cronista se perdió, en su afan periodístico difuso, las resoluciones de la asamblea en cuestión, especula sin embargo que alguna intervención encendida y romántica la haya nombrado definitivamente cocinera oficial de la revolución).
En el arenero jugaban los niños absortos a la inesperada presencia de asambleistas, militantes y obreros que discutían con pasión y paciencia los pasos a seguir. Las madres de a ratos posaban sus ojos de a ratos en los subi-baja y de a ratos en los oradores, movidas quizás por el angel de la curiosidad o la conciencia que sale a pasear todos los sábados a la tardecita.
¿Cuál fue el momento exacto en el que estalló el prodigioso hecho que justifica esta nota?. Para el registro de la historia, digamos que mas o menos a las 5 de la tarde mientras en la asamblea alguien hablaba de la incongruencia de la propiedad privada en las actuales cirscunstancias. El cielo estaba gris, como lleno de polvo ignorado por los plumeros celestiales y los competidores del truco entraban en trance con el quiero vale cuatro mas reñido de toda la tarde.
Llegaron por México (¿por donde si no?) y en silencio se mezclaron entre la gente. Casí nadie vió su desembarco, pero estaba sucediendo por fin. Hubo varios elementos que marcaron, impercetibles, el momento. El humo de los chorizos trocaba hacia el lado de Once, movido por el soplido del viento. En la asamblea, un orador de exaltada mirada daba la inconciente señal repitiendo tres veces la palabra huelga en su arenga; en la carpa blanca (que no era de Marta Maffei) sendas poetisas lanzaban versos al viento, y en un arbol silencioso un artísta plástico colgaba discretamente una jaula en la que canturreaba su obra viva.
Esa fue la alquimia inesperada, la hecatombe perfecta que obligó a las nueve musas de San Cristobal a desfilar de incógnito frente a nuestros ojos, para secretamente ponerse al frente de la organización del evento.
De allí en más para este humilde cronista las horas pasaron como arrebatos de líbido sublimado a través de las mas diversas actividades. Allí una obra de teatro; aquí el público dirigía la confección de originales modelos; mas allá un estudio de fotografía retrataba a alguna desconocida personalidad, y en este rincón se pintaban remeras a pedido del portador.
Un animador voluntario arrastaba pequeñas oleadas de gente de una actividad hacia otra. Aquí se darán instrucciones para que el movimiento de los peones en el ajedrez sea revolucionario, y mientras un obrero leía el texto, en el piso cuadriculado ardía la imagen de la pieza que simboliza a aquellos que avanzan paso a paso. Allí artifices de la realidad ofrecian la interpretación teatral de algún hecho, y en la carpa se preparaba la siguiente charla para la que fue necesario anular las paredes. Y las musas bailaban de un lado a otro, mareando al cronista como si en su movimento arrojaran copas de vino al observador que, confundido entre cientos de personas, intentaba juntar con la mirada los elementos que servirían de barro para un informe completo.
Los brebajes llegaron después. En el recinto techado consagrados intelectuales discutían sobre su propio rol en la vida de los obreros. A pocos pasos, una quermés ofrecía probar suerte arrojando perchas a una cabeza de chancho que simbolizaba a Jacobo Brukman y que horas después se convertiría en puchero. Y la actividades seguían, mientras el cronista se sentía cada vez mas envuelto en un torbellino incontrolabre; un feliz ventarrón que inundaba sin permiso la totalidad de los sentidos.
La voz del improvisado presentador fue la que dió la orden. ¡A la fábrica! dicen que dijo y unos cuatrocientos pies respondieron siguiendo el camino de sus palabras. Los policias se alborotaron; bajaron de sus micros, se calzaron cascos y mostraron garrotes. Nerviosos, los guardianes del orden abandonaron las poses relajadas que los encuentra muchas veces tomando mate o simplemente mirando páginas porno en el locutorio de la esquina.
Fue, quizás, la última explosión de la noche; unos 25 punteros laser sostenidos por obreras iluminaron la fachada del edificio prisionero de una orden judicial. Cantos, sonrisas, advertencias. ¡El arte actuaba, llegaba hasta el borde de la valla para saludar a su objetivo!. Imagen hermosa que prometimos guardar en nuestras pupilas como testimonio vivo de que la creación artística se da la mano, se funde y se confunde con la lucha cotidiana por la supervivencia y la dignidad.
Y estamos llegando entonces casi al final de esta insuficiente crónica. La alegría terminaba de florecer; risas relajadas, sabor del trabajo cumplido. Circulaban de mano en mano brebajes relajantes, de color marrón claro o tinto. En la carpa se proyectaba un video sobre la lucha de Brukman de la que somos participes y testigos (sin lugar a duda, el mejor sobre la materia que vio este humilde servidor en los últimos tiempos). En el otro extremo sonaba una música maquinal, electrónica y acustica a la vez, combinación que provocó sin querer una danza ritual que marcaba, por lo menos para este narrador, el apogeo de la jornada.
Como terminó la cosa es algo que no se decir en este relato; envuelto en las sombras de la noche, con el último acorde este cronista se internó en oscuras calles que lo devolverían a las secretas cuevas donde descansa su existencia.
Llegando a Carlos Calvo (no al actor, sino a la calle) el ocasional escriba se encontró con una de las musas, que sentada en el cordón de la vereda se besaba apasionadamente con una cerveza helada, único premio y descanso luego de un agitado día de trabajo.
¡Ultima oportunidad!. Grabador en mano temblorosa, garganta tímida y nublada la vista, me acerqué para hacer, sin lugar a dudas, el mejor reportaje del día. Y como las musas (es sabido) no aceptan preguntas, reproduzco aquí textualmente lo que me dijo antes de esfumarse al tiempo que me mangueaba un cigarrillo:
"Rajá de aca pibe, yo no hablo con la prensa. Ando de trapo de piso, hoy fue un día de mucho laburo".
El grabador quedó prendido, registrando el rumor del viento que, como despedida, dejaba la musa porteña al alejarse caminando por el bordecito de la calle, allí donde todavía sus pies descalzos pueden saborear el empedrado escondido. Su voz ronca y compadrita (¿melancolía tanguera?) me había dejado un poco perplejo.
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(Epilogo donde quizás comienza verdaderamente esta nota)
Confundido con tan enigmáticas declaraciones, tratando de descifrar en ellas un imposible código secreto, seguí mi camino oscuro y lineal, pensando en que carajo escribir al respecto de tan intenso día. ¿Como resumir la jornada? ¿Como nombrar a algunos, seguramente olvidando a otros?. ¿Como hacer justicia con algo que mis ojos, limitados en su materialidad poco adiestrada, no llegaron a captar en su totalidad?. Definitivamente se trataba de un trabajo imposible.
Perdido en tamaño laberinto de imágenes, me senté frente a la hoja en blanco atrapada en la pantalla, y mis manos recordaron aquella frase con la que comienza esta nota; me gustaría confeccionar la mirada de mis hijos.
¿Y no estaría aquella obrera textil cumpliendo su intimo deseo al confeccionar, quizas sin saberlo, un pedacito de futuro?. ¿Y que confecciona en nosotros para que una semana de otoño nuestras voluntades se junten a mostrar el fruto de nuestras manos?.
¡Ah, respuestas que me abandonan!. Mis manos ya flaquean y el sueño me besa los párpados, seduciendolos para transportarme al mundo de las tinieblas pasajeras. Podré descansar en paz esta noche; he sido testigo de un día mas en el que el arte, rompiendo sus cadenas, se alejó veinte pasos de del vermut con papas fritas para abrazarse con esas hermosas obreras que, tomando la fábrica, pusieron en movimiento un mecanismo de creación artística por excelencia; la creación de la vida, la creación de la dignidad ahora defendida por mil manos que, no lo duden, las seguiran abrazando hasta la victoria que en sus rostros de no rendirse adivinamos muy cerca.
Un abrazo a todos los obreros dle arte, y a las artistas del trabajo, alquimia que acaba de ecribir en el aire un pedacito más de la historia.
flor azul.
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